EL LENGUAJE ES COSA DE HOMBRES
No soy coleccionista de frases pero alguna que otra apunto cuando me parece lúcida a propósito de lo que tenga entre manos y, acababa yo de leer un correo que circula en la red titulado “Nueva gramática” -en la que sesudos académicos critican con más o menos humor el empeño de las feministas en encontrar artículos y terminaciones que palien el machismo del lenguaje-, cuando escuché a alguien citar a Juan Luis Vives (S.XVI por si alguien se ha olvidado) refiriéndose a que “no hay espejo que mejor refleje la cara del hombre que sus palabras”. No la cara de la persona o del ser humano, no, la cara del hombre. Y tenía razón el prestigioso y revolucionario humanista, no es que utilizara “hombre” como genérico, no, lo utilizaba en su acepción de “varon” porque, salvo en los conventos, las palabras de las mujeres eran consideradas –y lo son en tres cuartas partes del planeta- insustanciales.
Junto a la “Nueva gramática” anda por ahí un artículo del académico Arturo Pérez Reverte que va mucho más allá de sus compañeros de Academias. La frase de Vives le viene pintiparada. A él le ha contestado la filóloga Ángeles Munuera Bassols y yo lo reproduzco porque manifiesta perfectamente la reflexión que venimos haciendo desde hace años.
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Al Académico Pérez Reverte
Por Ángela Munuera Bassols, mujer, miembra de la sociedad y hablante de español.*
Señor académico Pérez-Reverte: en su artículo La osadía de la ignorancia se reflejan varios problemas entremezclados, como si usted quisiera darnos una receta de androcentrismo en salsa de macho con sabor a RAE[1], que algunas personas de buena voluntad, pueden tragar, ignorantes del veneno que usted pone en el puchero.
El primer ingrediente-problema es el de género. No hablo de género gramatical. Tampoco hablo del uso del genérico masculino en toda su amplitud pues no está en cuestión el por qué la lengua de los hombres ha desarrollado el genérico masculino para algunas especies y para otras el femenino (por ejemplo, se designan en femenino algunas especies marinas, como las focas, las orcas y las ballenas, y algunas terrestres, como las ratas, las urracas y las cornejas). Por eso no me refiero a cuestiones como si al decir “el gato es un animal mamífero” estamos diciendo que la gata no lo es. No, señor.
Hablo del masculino genérico para designar a la especie humana. Por ejemplo, decimos: “Las edades del hombre”. Aquí podríamos dejar abierta la pregunta de si estamos anulando o incluyendo en la expresión la existencia de las mujeres. Yo creo que es discutible. Por un lado, hombre procede de humus, barro, y la palabra latina, homo-hominis, de la tercera declinación, por su etimología, no refleja género y abarca en cambio a ambos sexos. Pero, por otro lado, no se puede olvidar el hecho histórico de que el varón ha acaparado para sí el nombre genérico de toda la especie. Veamos otro ejemplo. Cuando leo en el libro de historia de mi hijo: “Los Tuaerg son nómadas. Circulan por el desierto, transportando sus ganados, sus pertenencias, sus mujeres y sus niños”, con la expresión “Los Tuareg” sí estamos excluyendo a las mujeres Tuereg y poniéndolas, junto con los niños Tuereg (y se supone también las niñas), a la altura categórica de las pertenencias y los ganados de los hombres Tuareg. Por tanto, el enfoque importante no es lo genérico del genérico sino el gravísimo problema de distribución de roles sociales entre hombres y mujeres en la especie humana, que el uso del genérico masculino insistentemente refleja y persistentemente resalta.
Usted no ignora, señor Pérez-Reverte, que lengua y el uso de la lengua provocan en sus hablantes ciertos efectos que se traducen en pensamientos, sentimientos, creencias, visión de la vida, valores, puntos de vista, incluso carácter, que se traducen a su vez en hábitos, costumbres, conductas y todo un bagaje de entidades culturales que nos definen como personas. Usted, señor, seguramente diría que nos definen como hombres. Y así es. Nos definen como hombres también a las mujeres, pero a cada uno según su género ―no su sexo― en los valores sociales que hemos adquirido dentro de la cultura patriarcal a la que pertenecemos por nacimiento y educación.
Ya sé que la palabra género le chirria, porque la RAE todavía no ha reconocido la nueva acepción de esta palabra, prestada del inglés, que se refiere a los papeles que hombres y mujeres adoptamos desde la cuna por adscripción social al grupo humano de referencia que, en principio, procede del sexo. Procede del sexo, pero no es el sexo ni lo refleja. Al entorno del sexo pertenecen tan sólo los caracteres biológicos que definen (cuando lo definen) el sexo de las personas; cuestión de hormonas, básicamente. Aplicando las diferencias naturales entre mujeres y varones, es posible delimitar ciertas funciones biológicamente propias de unos y otras que se refieren únicamente a las diferencias sexuales físicas. Al género, en cambio, pertenecen todos aquellos papeles sociales que hemos de representar para ser considerados hombres y mujeres por las otras personas del entorno y por nosotros mismos. Los roles, comportamientos, hábitos, normas, moral, inteligencia, definiciones, adscripciones a determinados ámbitos, etcétera, todo es cultural. Cultura dominante. Cultura patriarcal, androcéntrica y machista.
Es, por tanto, una cuestión social e histórica, y no natural, que los hombres ocupen, por ser hombres, las actividades y papeles más activos en el patio de la vida y las mujeres en cambio estemos confinadas a los laterales, dedicadas sobre todo a cuestiones de servicio en toda la amplitud de esa palabra, pues se habla hasta de “servicios sexuales” para referirse a sexo que el hombre paga, con dinero o protección, a la mujer. Cuestiones sociales que la lengua refleja por doquier (y baste recordar las consabidas parejas de antónimos cojonudo/ coñazo; o leer a Mafalda[i]). El lenguaje nos refleja porque constituye la esencia de quiénes somos los seres que lo hablamos. Pero también nos construye. De manera que cuando oscurecemos los contextos de referencia con palabras, el pensamiento también se nos oscurece.
Otro de los ingredientes-problema de su receta, señor Pérez-Reverte, es el político; éste de entrada mezclado con el ideológico. Habla usted del problema sociopolítico ―dice― y no lingüístico de la preocupación de la Junta de Andalucía por el sexismo, como si el lenguaje no fuera sexista y como si el lenguaje nada tuviera que ver con los valores al uso que la Junta pone en cuestión con su consulta a la RAE.
Señor Pérez-Reverte: éste sí es un problema lingüístico, aunque no sólo lingüístico. El uso machista y sexista de la lengua provoca que las mujeres sean consideradas posesión de los hombres. Eso es una forma de ideología. Sí es lingüístico decir niños y querer decir niños y niñas. Es un grave asunto lingüístico que no está resuelto y que causa innumerables desigualdades y problemas. Y es grave no tanto por lingüístico como por lo que refleja de (des)orden social de las cosas, establecido para la especie humana desde antiguo. Es un problema en el que siempre salen perdiendo las niñas y las mujeres, y no los niños y los hombres de masculinidad dominante. Y es lingüístico porque procede de la lengua, que a su vez procede de las ideas y que también es causa de esas ideas y de ideologías extremistas y peligrosas.
Muchas personas conscientes buscamos soluciones, señor Pérez-Reverte. La RAE y usted, en vez de ignorar la realidad del problema de género y descalificar las soluciones, aunque sean precarias, faltas de imaginación y recursos, que los ciudadanos proponemos, deberían estar ayudando a buscar soluciones económicas, imaginativas y lingüísticas para un grave problema que, en primera instancia, es causado y ratificado por el uso consensuado de la lengua que hacemos los hablantes. No olvidemos que la RAE no ha creado hasta ahora ni lengua ni consenso sobre el uso de la lengua. Sencillamente sanciona los usos (por ejemplo, acepta almóndiga, güisqui y otros chocantes elementos lingüísticos, dados por válidos porque reflejan un uso social, un consenso).
A usted, señor Pérez-Reverte, que utiliza el consenso social (masculino) para denigrar a las mujeres como focas y a los niños como putos, se le ha olvidado el consenso social para usos tal vez imprevistos, pero necesarios, pues entre las soluciones hasta ahora propuestas no hemos dado aún con la expresión económica, social, representativa, contundente, ágil, consensuada y perfecta que, según usted, la lengua siempre ha producido. No hemos dado con ella ¿por falta de imaginación?, ¿porque la lengua permite pocas variantes?, ¿porque la noble lengua que usted adjudica a Homero, Séneca o Ben Cuzmán hasta Cela y Delibes, pasando por Berceo, Cervantes, Quevedo o Valle Inclán tal vez usted cree que sólo pertenece a ellos, a usted y a la Real Academia?, ¿tal vez porque no hemos buscado en el acerbo de la lengua soluciones posibles? ¿O porque a ustedes los académicos no le parece un problema? Volveré a este punto. De momento, unos recuerdos.
Le recuerdo unas cifras, que olvida usted en su pastel. Las mujeres muertas a manos de sus parejas en 2009 son 55. Ningún otro terrorismo arroja esas cifras. Ni siquiera todos los terrorismos y crímenes sumados arrojan cifras comparables. Y eso que estamos hablando eufemísticamente en pasiva: mujeres muertas a manos de sus parejas. Lo real no es pasivo: 55 hombres han asesinado activamente a sus parejas. Y las han asesinado de formas crueles que tampoco se reflejan en ningún otro tipo de crímenes: las han acuchillado y desgarrado, las han partido en pedazos, las han derribado a martillazos, cortado con hachas, las han quemado con agua, con ácido, con bengalas y con hierros, las han pateado, las han deshecho. Y añado más. Ese terrible número 55, que sólo cuenta a las muertas, no cuenta a las que viven heridas: las que han quedado en sillas de ruedas por una paliza, las que sufren en sus casas vejaciones infinitas a base de avasallamientos y golpes no lingüísticos y vejaciones, todas lingüísticas, que se resumen en: insultos, desprecios, descalificaciones, negaciones, devaluaciones, anulaciones, burlas, bromas, chistes, bravatas, comparaciones, y otras formas de maltrato psicológico, que pasan siempre, siempre, siempre, entre otras formas de cultura machista, por la lengua y también siempre preceden al daño físico, muerte incluida.
Vuelvo a las soluciones, señor Pérez-Reverte. A usted y a la RAE se les han olvidado las soluciones. ¿Por qué la RAE, institución respetada y de indudable prestigio, no ayuda a buscar soluciones? Y ¿usted, señor Pérez-Reverte?, ¿por qué no ayuda usted a encontrar una solución al problema lingüístico y de paso ayuda a evitar el problema social de la desigualdad con intervenciones no machistas? ¿Será porque está usted orgulloso de ser macho, de poder utilizar impunemente, como hombre y como académico, las innumerables ofensas que el patriarcado más grosero ha consensuado como práctica lingüística contra las mujeres y usted sabe utilizar tan bien? Porque el lenguaje es un arma eficaz de sometimiento, señor. Porque denigrar a la mujer rinde sus beneficios a los varones. Porque si un hombre como usted, considerado culto y respetable, representante de una institución emblemática como es la RAE, dice lo que dice, deja usted desarmada a la población entera y desarmada también la buena voluntad de los que buscan soluciones a estos graves ataques a la mujer que son sociolingüísticos, cultuales, sanitarios y políticos, pero que usted, al parecer, como lingüista y como hombre, no ve. ¿Usted, siendo académico, no comprende que la lengua crea formas de pensamiento, valores y creencias y, por lo tanto, induce a la acción?
La sociedad, al menos algunas personas conscientes de esta sociedad (como las que, desde la Junta de Andalucía han enviado una consulta a la RAE), buscamos soluciones. Yo propongo una. Pero, ríanse todos de mí, porque mi idea, a pesar de ser económica, etimológica y culturalmente aceptable, no tiene consenso social.
Mi propuesta contempla esperanzada la tercera declinación latina, declinada en –e; esa declinación no tenía adscripción alguna de género porque nombraba a ambos. A esa declinación pertenecían los participios de presente usados como nombres verbales (categoría en la que reconocemos a estudiante, comerciante, asistente, etc.) y muchas palabras, tanto nombres concretos y abstractos (nave, arte, mar), como nombres de personas o profesiones, oficios y actividades, que no repartían la adscripción entre los sexos utilizando el género gramatical masculino-femenino ni tampoco eran neutras, sino ambivalentes, por ejemplo iux, complix, consul, parens, homo-hominis de las que han derivado juez, cómplice, cónsul, pariente y hombre, entre otras.
Propongo crear una nueva categoría lingüística que, si lograse consenso, resolvería ese problema de economía del lenguaje (eso de todos y todas, niños/as, etc.) y también las otras soluciones, que no son lingüísticas, como escribir los impronunciables tod@s y nosotr@s.
Según mi propuesta, inspirados en una categoría de palabras que ya existen (juez, estudiante…), crearíamos una categoría de palabras como niñe-niñes. En singular, precedido del artículo le o une, niñe se referiría ―como child en inglés o enfant en francés― indistintamente a un niño o una niña[2]. En plural, la palabra niñes permitiría un uso no discriminatorio, precedido de los artículos les o unes. Igualmente, se podría utilizar así todes para referirnos a todos y todas; les profesores serviría para referirnos a las y los profesores, les jueces, para los y las jueces; miembre-miembres serviría para referirnos a las personas que pertenecen a un grupo social sin especificación de sexo y que, específicamente, serían una miembra o un miembro (miembra, si es mujer, sí, porque, efectivamente, la palabra miembro referida a personas no puede ser tratada igual que la misma palabra en su acepción de parte del cuerpo).
Dispense usted, señor Pérez-Reverte que tenga la osadía de plantear esta propuesta. Yo creo que, digan lo que digan la RAE y sus miembros, la sociedad y sus miembres (y lo digo buscando el consenso), estamos autorizades, porque la lengua es de todes, a buscar soluciones sociales y lingüísticas para que las palabras nos ayuden a nombrar un mundo igualitario donde hombres y mujeres quepamos por igual, donde seamos equivalentes, donde personas como usted, señor, respeten con la expresión de sus ideas a las que son como Mafalda y como yo.
*Filóloga
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[1] RAE: Real Academia de la Lengua Española [2] O podríamos crear una nueva acepción de infante-infantes, si prescindiéramos de su connotación perteneciente a la realeza y de la existencia de infanta, con su particular significado; como parienta, si bien en otro orden. |
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Comentarios
Ha dado en el clavo sr, sra expectante. Mejor irse adaptando a la idea de que los seres humanos/as; es decir, hombres, mujeres, niños y niñas, todos y todas, somos universalmente iguales y, como tales, tenemos que ser respetados/as y tratados/as de igual a igual, porque no se puede obviar que la Tierra es una y femenina, la igualdad es una y femenina, la libertad también es una y femenina, la justicia, solidaridad, virtud y la condición humana son una y, por lo tanto, femeninas…. Ahí les dejo parte del lenguaje universal utilizado por el DRAE y, que el Sr, Pérez Reverte parece olvidar… Buenísimo el artículo, muchas gracias por desplegarlo aquí, Herminia. Salud.
Me parece muy interesante y documentado el artículo de la señora filóloga pero me sorprende que apenas haga alusión al uso de la arroba que está proliferando ultimamente, y no solo por parte de las mujeres, usted por ejemplo la suele utilizar en ocasiones, yo he de decir que no me acostumbro a la ambiguedad de tal signo y a estas alturas no sé si está bien o mal.
Como veo que funciona me animo a seguir.
Gran artículo el que trascribes, Herminia. Rebosa inteligencia, conocimiento, pasión; para descubrirse con Doña Ángeles Munuera Bassols. Su propuesta, de gran lógica, supongo que va a dar lugar a múltiples comentarios.
Por mi parte, con tal de no decir los ciudadanos y las ciudadanas, los vascos y las vascas, etc, etc estoy dispuesto a aplicar su propuesta. Es a través del uso como se crea el lenguaje, así que: ¡todes a intentarlo!
Por cierto, me ha encantado la etimología de hombre. O no la sabía o no la recordaba.
Finalmente, sí habla del uso de la @, dice que es impronunciable. Suficiente.


Ya lo advertía usted en ” Lo dice MAFALDA ¿es el castellano machista? !Ahí va eso! como adelanto a lo que vendrá después”.
Y efectivamente lo que ha venido después es un bombazo, sobre el que da miedo decir algo inconveniente, que hay que ver como se las gastan “algunes”.
No se lo que habrá escrito el académico Pérez Reverte que ha motivado la respuesta que Vd. reproduce, dada por la filóloga Angela Munuera Bassols, señora que además de escribir muy bien y demostrar poseer un amplísimo conocimiento sobre el lenguaje y sus usos, evidencia en lo que dice y como lo dice tener unos atributos -en este caso femeninos- de los que los hombres con excesiva frecuencia y fanfarronería amenazamos con poner encima de la mesa.
Del largo y documentado escrito de la señora Munuera Bassols entresaco “El uso machista y sexista de la lengua provoca que las mujeres sean consideradas posesión de los hombres. Eso es una forma de ideología”, que efectivamente lo es, y ha conformado durante siglos la mentalidad machista masculina, llevada hasta sus ultimas consecuencias en el ” y la maté porque era mía”, que tantas víctimas inocentes, mujeres por supuesto, lleva causadas, y lo que es peor, contra lo no parece haber solución, ni remedio, al menos en plazo mas o menos corto.
Pero es con posturas y escritos como el de esta filóloga y feminista, y de otras feministas como usted y sus amigas como las mujeres pueden ir modificando el lenguaje, vehículo imprescindible de las ideas, las buenas y las malas, para que los machistas linguísticos, y en muchos casos mas que eso, nos vayamos adaptando a la idea de que los humanos, hombres y mujeres, somos intrinsicamente iguales y como tales debemos tratarnos y respetarnos.